Seminario XI «Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis», de Jacques Lacan. Clase del 29 de enero de 1964.

Seminario «El Psicoanálisis y sus psicoanalistas»

Clase del 29/01/1964. Del sujeto de la certeza

A cargo de Mariana Leibner. Lunes 15 de noviembre de 2021.

Como hemos recordado en el encuentro del mes pasado, Lacan responde a su excomunión con un esfuerzo de refundación del inconsciente, en tanto que el inconsciente se define como una discontinuidad surgida en el corazón del discurso, es decir, una béance, una hiancia. En esta clase del 29 de enero del ’64, Lacan continúa con su desarrollo teórico sobre el estatuto del inconciente —que había iniciado en la clase anterior— y lo hace retomando un comentario que le había hecho J.-A. Miller sobre esta noción de la hiancia y su lugar en la estructura.

Lacan ubica la hiancia del inconsciente como pre-ontológica y señala que el inconsciente freudiano no es ni ser ni no-ser, sino lo no-realizado; lo que llama a una realización. Lo que lo lleva a hablar de lo que es óntico en la función del inconsciente. Es decir que en este período, para Lacan el inconsciente no es aprehensible como un ser sino como un aparecer, como un fenómeno que surge para desaparecer y cuyo ser no es otra cosa que ese surgimiento.

A continuación va a recordar el verso de Virgilio¹ que Freud incluye como epígrafe de La interpretación de los sueños; “Flectere si nequeo superos Acheronta movebo.” (que como recordrán significa; “Si no puedo inclinar los poderes superiores, moveré los infiernos”), a fin de recuperar lo que muchos círculos analíticos de aquel momento, habrían olvidado: la concepción del acceso a lo inconsciente como la apertura a un mundo interior como si de un descenso a los infiernos se tratase. Claro que tanto las llamadas investigaciones meta-psíquicas, como las prácticas de tipo telepática, espiritista, necromántica o el psicoanálisis esotérico del italiano Emilio Servadio, alejaban el descubrimiento freudiano del pensamiento racionalista. Lacan señala que sin embargo, para la psicología tradicional, el deseo humano es concebido como infinito, incluso pretendidamente divino, mientras que para el psicoanálisis el deseo encuentra su límite en alguna parte, más que cualquier otro saber. Una paradoja (aunque él no la define como tal) que más adelante va a retomar.

Lacan especifica que se refiere al deseo y no al placer. “El placer fija los límites del alcance humano: el principio del placer es principio de homeostasis. El deseo, por su parte, encuentra su cerco, su proporción fijada, su límite, y en la relación con este límite se sostiene como tal, franqueando el umbral impuesto por el principio del placer.”  Aquí está nuestra experiencia —dirá Lacan— para asegurarnos cimientos firmes y reducir a un fantasma, aquello que Freud llamaba a propósito de la religión, ilusión.

Y es en este punto donde se respalda la técnica lacaniana en las funciones del tiempo, que podríamos decir variable o breve. Dado que en la función del inconsciente, lo óntico es la ranura por donde ese algo, cuya aventura en el campo psicoanalítico parece tan corta, ya que sale a la luz solo por un

instante, para cerrarse en un segundo tiempo, dandole a la captación un aspecto evanescente. Y al mismo tiempo, volviendo a Freud y su conceptualización del inconsciente, o mejor dicho su aproximación, puesto que al comienzo Freud se acerca de forma tentativa, a propósito del proceso primario, resulta patente que lo que allí sucede es inaccesible a la contradicción, a la localización espacio-temporal, como también a la función del tiempo.

El analista se presta como alteridad para que el paciente haga su despliegue, su actuación. (En los próximos encuentros veremos que esta relación pone al descubierto la estructura misma de la transferencia).

Como podemos leer, en esta clase Lacan hace referencia explícita a aquello que escapa al tiempo, al decir de Freud el deseo que se presenta como indestructible y relacionándolo a la realidad del inconsciente se pregunta:

¿A qué registro del orden de las cosas pertenece el deseo indestructible? ¿No hay sobradas razones para distinguir aquí otro modo del tiempo, un tiempo lógico? Encontramos aquí la estructura escandida de esa pulsación de la ranura. La aparición evanescente sucede entre los dos puntos, entre el instante de ver y el momento elusivo, se trata siempre de una recuperación engañosa.

Para discernir qué es el tiempo lógico, hemos de tener presente que la batería significante está dada desde el comienzo. Y en los comentarios del final de esta clase, Lacan va a introducir dos términos requeridos por la función de la repetición (que serán retomados en la clase siguiente, cuando profundice en este concepto): por un lado el azar; zufall y por otro la arbitrariedad; willkür. Ambas son nociones retomadas de Freud, quien en su análisis de los sueños, examina qué consecuencias tienen el azar de la transcripción y la arbitrariedad que hay en las conexiones en el proceso de interpretación de los sueños. ¿Por qué se relaciona una cosa con otra en concreto y no con cualquier otra cosa?

De lo cual podemos deducir que el desarrollo de la ciencia moderna, en tanto muestra de todo lo que se puede llegar a fundar en el azar, es perfectamente cuestionable. Ya que nada puede ser fundado en el azar —ni el cálculo de probabilidades, ni estrategias de medición pretendidamente científicos, ni la experimentación por solo nombrar algunos de estos artilugios— que no entrañe una estructuración previa y limitada de la situación, en términos de significantes.

En el mismo sentido, señala Lacan, en lo tocante al inconsciente, Freud reduce todo lo que escucha en sesión a la función de puros significantes. Y es a partir de esta reducción que se da la operación y

puede aparecer un momento de concluir, un momento en que Freud siente que tiene el coraje de juzgar y de concluir.

Esto forma parte de lo que Lacan llama el testimonio ético de Freud.

Dado que uno de los motivos por los que se había decidido la expulsión de Lacan de la IPA era precisamente esta concepción temporal en la que argumentaba su propuesta de sesiones de duración variable, resulta importante atender este punto detenidamente.

Llegado a este momento, Lacan refiere directamente a un escrito anterior, de su autoría: El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada, de 1945 (publicado en el primer tomo de los Escritos). Como recordarán ustedes, en este texto se destacan varios de los términos que hoy trabajamos: aserto, aseverar, certeza y anticipación en relación al acto. Se trata de un escrito fundamental para intentar comprender esta compleja lógica temporal. Allí se plantea el análisis de un sofisma —argumento falso o caprichoso que se pretende hacer pasar como verdadero—.

Luego de describir las condiciones del mismo, en donde tres presos deben sortear un enigma para quedar libres, analiza el proceso de deducción en tres momentos de la evidencia: instante de ver, tiempo para comprender y momento de concluir. Estos momentos son explicados por Lacan del siguiente modo:

El instante de ver; podríamos decir que es el tiempo de experiencia o de interiorización, es un proceso que tiene algo de misterioso. Aquí no es relevante lo que los sujetos ven, es lo que han encontrado positivo en lo que los sujetos no ven. Cada uno se define por lo que los demás no son.

Un tiempo para comprender: tiempo de la meditación, de la reflexión, de la duda. El tiempo para comprender puede reducirse al instante de la mirada pero esa mirada en su instante puede incluir todo el tiempo para comprender.

Y un momento de concluir: o aserto sobre uno mismo. El acto anticipa la certeza. El sujeto en el aserto alcanza una verdad que va a ser  sometida a la prueba de la duda, habla el sujeto del aserto. El juicio que concluye el sofisma, sólo puede ser formulado por el  sujeto que ha formado su aserto sobre sí. El yo (je)  sujeto del aserto conclusivo se aísla por una pulsación de tiempo lógico respecto del otro, es decir respecto de la relación de reciprocidad. [ya no hay reciprocidad]

El juicio asertivo se manifiesta por un acto. Todo juicio es esencialmente un acto. El acto se adelanta a su certidumbre. El acto mismo lleva a la conclusión.

La verdad (en el sofisma) se manifiesta en esta forma como adentrándose al error y avanzando sola en el acto.

Como hemos dicho, no se puede dejar de señalar la consideración de una lógica temporal en intersección con un tiempo cronológico. Es decir, necesariamente el curso de un análisis comprende la dimensión diacrónica, aun si los momentos pueden ser leídos retroactivamente desde la consideración de un instante; corte que permite una lectura. Estas diferentes inflexiones, o marcas, pueden permitir la identificación de los desplazamientos, nuevas disposiciones y diferencias en la escucha de lo dicho.

Sobre la aparición evanescente, en la hiancia, Lacan señala pues, que sucede en ese tiempo lógico entre el punto inicial y el terminal: en ese instante de ver donde algo se elide siempre, incluso se pierde en la intuición misma, y ese momento elusivo en que, precisamente, la aprehensión del inconsciente no concluye, en que se trata siempre de una recuperación engañosa.

Con lo cual, una vez más; ónticamente, el inconsciente es lo evasivo, pero logramos circunscribirlo en una estructura temporal, articulada como tal por vez primera en esta clase.

Luego Lacan critica la experiencia analítica llevada adelante por los psicoanalistas que han venido después de Freud, quienes han desdeñado ese inconsciente evasivo que emerge en la hiancia. Y en ese desdén él también se incluye diciendo; “nos hemos interesado por otras cosas”. Y sugiere la necesidad de reinterpretar los testimonios teóricos de los analistas, tarea sobre la cual se propone retornar cuando —más avanzado este seminario— aborde el concepto de transferencia.

A modo de adelanto, destaca la pertinencia de diferenciar el concepto de repetición del de transferencia. Y se propone darle el paso lógico, dado que si siguiera simplemente la cronología, estaría favoreciendo las ambigüedades del concepto de repetición, ya que este concepto fue descubierto en el curso de los tanteos que exigió la experiencia de la transferencia.

Aquí podríamos pensar en un nuevo uso de la ontología que estaría destinado a ser superado por la ética. Ya que Lacan da cuenta del estatuto fenoménico del inconsciente como acontecimiento.

Llegado a este punto dirá: “El estatuto del inconsciente, tan frágil en el plano óntico, […] es ético”.

El estatuto ético del inconsciente es lo que hace que el surgimiento de la presencia del inconsciente llame a un acto, a una respuesta. Es por lo cual el psicoanalista forma parte del concepto del inconsciente. Y es por lo cual el inconsciente, que se manifiesta sin ser atrapado a tiempo, desaparece en seguida, emparentándose a la causa perdida. Apoya esta fragilidad del inconsciente en las manifestaciones histéricas que descubrió Freud en sus observaciones (realidad negada por la mirada médica), manifestaciones que están marcadas desde el origen por el signo del engaño.

Ubicando a Freud como el Moisés del psicoanálisis, Lacan le atribuye la frase propia del descubridor: Ahí está la tierra a donde llevo a mi pueblo. Descubrimiento guiado por la brújula que representa el deseo de la histérica. Sin embargo, nos indica Lacan, sucede que la teoría se iba forjando con posterioridad a los descubrimientos previos, de modo que todo está por rehacerse, incluso lo concerniente al deseo de la histérica. “Esto nos impone una suerte de salto retroactivo si es que queremos señalar aquí lo esencial de la posición de Freud, respecto a lo que sucede en el campo del inconsciente.”

Lacan destaca el estatus ético del inconsciente y se interroga respecto al estatus del inconsciente freudiano recordando un sueño que Freud relata en el capítulo VII de La interpretación de los sueños; se trata de un sueño profundamente angustiante. Un padre que se queda dormido y ve aparecer la imagen de su hijo —cuyo cadáver yace a su lado— el padre se queda dormido y ve aparecer la imagen de su hijo que le dice: Padre ¿acaso no ves que ardo? Y es que se está quemando en lo real, en el cuarto de al lado. (Lo hemos comentado recientemente, en el grupo de estudio de Freud que organizamos aquí en Umbral, como ya saben).

Lacan se pregunta como he dicho, por qué Freud habrá escogido precisamente este ejemplo para sustentar su teoría, si este sueño destaca por su carácter misterioso y por no resultar del todo adecuado a las tesis de partida de Freud de que el sueño es la realización de un deseo. Y el secreto compartido entre padre e hijo, no es otro que el peso de los pecados del primero. El padre, el Nombre-del-padre, sostiene la estructura del deseo junto con la de la ley, pero la herencia del padre es su pecado, tal como la designa Kierkegaard.

Y nos recuerda que el espectro de Hamlet surge precisamente del lugar donde nos denuncia que fue sorprendido, inmolado; en la flor de su pecado. Y de ningún modo le da a Hamlet las prohibiciones de la Ley que podrían hacer que su deseo subsista, sino que en todo momento el asunto gira en torno a un profundo cuestionamiento de ese padre demasiado ideal.

Con su ejemplo, Freud lo esta sopesando, lo contempla, no le saca todo su provecho, dado que el término primordial no es el de verdad, sino el de certeza. Lacan entiende que el modo de proceder de Freud es cartesiano, en la medida en que parte del fundamento del sujeto de la certeza. Se trata de aquello de lo que se puede estar seguro. Para lo cual es necesario primero vencer una connotación presente en todo lo tocante al contenido del inconsciente, —y que lo impregna todo— especialmente cuando el asunto es hacerlo emerger de la experiencia del sueño y que es expresada con la duda, la incerteza. La técnica freudiana misma se apoya en la duda; la duda es el apoyo de su certeza. Dado que indica que hay algo que preservar.

Y la duda entonces es signo de la resistencia. Es cierto que la función que Freud confiere a la duda continúa siendo ambigua, puesto que algo que ha de ser preservado puede ser también algo que haya que mostrarse, ya que de cualquier forma, lo que se muestra lo hace solo tras un disfraz, una Verkleidung que además está mal colocado.

Lacan insiste en que las maneras de proceder de Freud y de Descartes se acercan y convergen.

Recordemos también que para Freud existe un ideal de ciencia que se encarna, se hace presente como Ciencia Ideal, es decir es un modelo al cual el psicoanálisis tendrá que aspirar, tendrá que adecuarse.

Freud al descubrir el inconsciente e inventar al psicoanálisis tiene el problema y la necesidad, que no tuvo Lacan, de aspirar a que este nuevo saber sea considerado científico. Freud al inventar el psicoanálisis tiene que darle un lugar; un lugar en el mundo y un lugar entre los científicos, un estatuto, para que no se confunda ni con la religión, ni con la literatura, ni con la filosofía, sino que sea tomado como un discurso de reflexión científica. Concretamente, tenía en su horizonte el ideal que el psicoanálisis fuera una ciencia.

Lacan, en tanto lector de Freud, no tiene la misma necesidad; y ante la pregunta: ¿es el psicoanálisis una ciencia?, formulación que sólo dejaría como respuesta sí, o no; la rebate con la pregunta: ¿qué sería una ciencia que incluyera al psicoanálisis? Esta pregunta ya no se limita a las respuestas por sí, o por no. Esto implica un giro en la posición respecto de la ciencia, en principio ya no habrá un lugar ideal al cual se deberá tender.

Entonces, según como sea formulada la pregunta, se pondrá en juego no sólo una respuesta sino una posición. La segunda formulación de la pregunta: ¿qué sería una ciencia que incluyera al psicoanálisis?, que es según Lacan, la formulación correcta, nos dice que la ciencia es la que no incluye al psicoanálisis. Con lo cual, nos dice que el psicoanálisis no esta incluido en el conjunto de las ciencias, lo que pone en juego que la ciencia tiene sus límites, aun así podría, potencialmente, existir una ciencia que incluyera al psicoanálisis.

Esto abre la pregunta, ¿qué es lo que la ciencia moderna deja por fuera, excluye, aunque potencialmente podría incluir? Ahora bien, recordemos que Lacan también afirma que, el psicoanálisis es del tiempo de la ciencia en tanto moderna, debido a que en el mundo antiguo no estaban dadas las condiciones discursivas para poder inventar el psicoanálisis. Esas condiciones se

darán con el advenimiento de la ciencia moderna y de la mano de Descartes en tanto advenimiento del sujeto, emergente de la experiencia producida por el agotamiento de saber, de vaciamiento de ideas, resultante de un pensar ajeno al yo.

Esto es, cuando Descartes pone en duda todo saber previo, adviene el sujeto al mundo. Sujeto emergente efecto del vaciamiento de representaciones, del vacío de sentido y de todo saber. Pero, el acto de su emergencia fue seguida por su sofocación, su expulsión, o en términos lacanianos; su forclusión. Así, la ciencia forcluye al sujeto del cual el psicoanálisis se hará cargo. El que tomara la apuesta es Freud.

En un primer tiempo, habrá un proceder cartesiano en Freud “en la medida en que parte del fundamento del sujeto de la certeza.”, será un momento de convergencia.

“Descartes nos dice, estoy seguro porque dudo de que pienso y diría yo, por pensar soy”. Freud de una manera análoga dice, que está seguro que en ese lugar hay un pensar (que es inconsciente) lo cual quiere decir que se revela como ausente, completamente solo de todo su yo soy. Aquí se revela la disimetría entre Freud y Descartes. No esta en el paso inicial de la fundamentación de la certeza del sujeto, sino que para Freud “el sujeto esta como en casa en el campo del inconsciente”.

Para el cogito cartesiano, el yo pienso, en tanto se vuelca en el yo soy, apunta a un real, pero lo verdadero queda afuera hasta el punto que Descartes tiene que asegurarse un Otro que no sea engañoso y que garantice, con su mera existencia, las bases de la verdad; garantizarle que en su propia razón objetiva están los fundamentos necesarios para que el real del que acaba de asegurarse, pueda encontrar la dimensión de la verdad.

Por tanto, fue necesario primero la existencia de Descartes, para que luego Freud pudiera inventar el psicoanálisis haciéndese cargo de la subjetividad, haciéndole lugar a ese sujeto emergente de un pensar vaciado de representaciones, ajeno, aislado de todo su yo soy.

Desde esta lectura podemos afirmar que Freud posiciona a la creación, invención del psicoanálisis como correlato de la emergencia de la ciencia moderna. Y gracias a Freud, sabemos que el sujeto del inconsciente se manifiesta, que piensa, antes de entrar en la certeza. Tenemos que cargar con eso, dirá Lacan.

A partir del descubrimiento psicoanalítico, la correlación del sujeto ya no es con el Otro engañoso, sino con el Otro engañado. Lo que más teme el sujeto es engañarnos o que nos engañemos nosotros mismos, algo que puede pasar perfectamente (alcanza con vernos la cara, dice irónicamente Lacan).

Pero esto no es algo que inquiete a Freud, ya que los signos coinciden.

Habrá que tomar todo en cuenta, liberarse de toda la escala de la apreciación que allí se busca, de la apreciación de lo que es seguro y de lo que no lo es. Hasta a la indicación más frágil de que algo entra en el campo de análisis, se le ha de conferir un valor de huella en el sujeto.

Ahora bien, sobre la cuestión del engaño, Lacan señala algo también muy importante: La angustia es para el análisis un término de referencia crucial, ya que la angustia no engaña. Puede faltar, pero cuando se manifiesta es necesario canalizarla, dosificarla, para que no abrume.

Bien. Llegados a este punto, Lacan retoma su fórmula: el deseo es el deseo del Otro², que había estado trabajando el año anterior, en el seminario de La Angustia (y que venía también abordando en años anteriores). Fórmula que se origina en la experiencia de la histérica.

Lacan pondrá dos famosos casos como ejemplo de ello: El caso de la joven homosexual y el caso Dora. En el caso de la joven homosexual, recordemos el momento en que los críticos de Freud le retrucan que ella sueña para él, a medida del gusto de los hombres. Freud se burla y les señala que el inconsciente no es el sueño, sino que más bien, el inconsciente puede ejercerse en el sentido del engaño y por lo tanto, no existe objeción en ese punto a su estatus del inconsciente. ¿Acaso puede no haber una verdad de la mentira? —se pregunta Lacan—; la verdad esa que, en contra de la aparente paradoja, hace perfectamente posible la afirmación “yo miento”.

Sin embargo —añade Lacan— Freud se equivocó en la formulación del objeto del deseo, tanto de la joven homosexual como en el objeto del deseo de la histérica en el caso Dora, dado que ambos tratamientos han sido interrumpidos. La experiencia le ha mostrado que se topa con límites relacionados con el sujeto: la resistencia, la no convicción, la no curación. La rememoración misma entraña un límite.

Lacan va a distinguir aquí el alcance de estas dos direcciones; la rememoración y la repetición.

Entre ambas no hay ni orientación temporal ni reversibilidad. No son conmutativas. No es lo mismo empezar por la rememoración y vérselas con las resistencias de la repetición, que empezar por la repetición para obtener un esbozo de rememoración.

Esto nos indica que la función-tiempo es aquí de orden lógico y está ligada a una instauración significante de lo real. En efecto, dirá Lacan, la no-conmutatividad es una categoría que pertenece solo al registro del significante. (Para que haya un S2 y un S3, tiene que haber un S1).

En el seminario V sobre Las formaciones del inconsciente, Lacan repasa la técnica empleada por Freud quien, a fin de localizar la verdad inconsciente del sujeto, se atiene a una suerte de escansión significante en referencia a lo real. Pero si hay algo que puede decirse, es que lo real no se rinde tan fácilmente. Freud lo trabaja de forma magnífica en el caso de El hombre de los lobos, donde muestra que el plano del fantasma funciona en relación con lo real.

Por otra parte, a falta de los puntos de referencia de la estructura, que Lacan se propone desarrollar en este seminario, Freud no pudo ver que el deseo de la histérica, cuyos manifiestos destacan a la observación, es sostener el deseo del padre; en el caso de Dora, sostenerlo por procuración (es decir, sostenerlo en nombre de aquel).

De ahí la complacencia explícita que Dora demuestra por la aventura que el padre tiene con la esposa del señor K. y el hecho de permitirle que la corteje, entrando en el juego, justamente, de sostener el deseo del hombre.

Por eso mismo el pasaje al acto, señala Lacan; la bofetada de la ruptura, que se produce en cuanto uno de ellos, el señor K. no le dice, Usted no me interesa, sino Mi mujer no me interesa, muestra que ella necesita que se conserve el vínculo con ese elemento tercero que le permita ver subsistir el deseo, de todos modos insatisfecho; tanto el deseo del padre que ella favorece en tanto impotente, como el suyo, por no poder realizarse como deseo del Otro.

De la misma forma, la solución que encuentra la joven homosexual también apunta al deseo del padre; consiste nada menos que en desafiar el deseo del padre.

Recordemos que la joven homosexual despliega toda una serie de conductas de evidente provocación, se muestra caballerosa y atenta, con el fin de conquistar a su amada, una mujer mundana y muy conocida en la ciudad por ser de dudosa reputación. Estas atenciones se interrumpen el día que se cruza por la calle con su padre —y encuentra en la mirada de este padre rechazo y desprecio por lo que está haciendo ella— e inmediatamente se tira por un pequeño puente del paso del ferrocarril.

Lacan nos dice; literalmente, la joven homosexual ya no puede concebir, a no ser aboliéndose la función que tenía; la de mostrar al padre cómo es uno, uno mismo, un falo abstracto, heroico, único y consagrado al servicio de una dama.

Lo que hace la homosexual en su sueño, cuando engaña a Freud, es un desafío más dirigido al deseo del padre. Como si dijera, “usted quiere que me gusten los hombres, pues tendrá todos los sueños de amor por los hombres que quiera.” Es un desafío burlesco.

Finalmente Lacan destaca la distinción entre el procedimiento freudiano en el campo del inconsciente —y por lo tanto ante el sujeto— y el suyo; vinculado a la función del sujeto de la certeza con respecto a la búsqueda de la verdad.

Llegados a este punto, el retorno a Freud que realiza Lacan, lo conduce a subrayar el estatus ético del inconciente, con ese ir a ver las muestras del inconciente en el interés freudiano por la verdad, que en definitiva, nos conduce a la escucha analítica y posibilita que el descubridor, o descubridora, encuentre la singularidad de cada sujeto hablante. Y nos incita a continuar con su reformulación del psicoanálisis retomando, en los próximos encuentros, la física de Aristóteles.

¹La Eneida.

² “El deseo del hombre es el deseo del Otro”, dice la versión de Miller en este capítulo.