Un trozo de pan con mantequilla

(Sesión ficción de psicoanálisis aplicado).

Inspirado en la obra de Marc Chagall y en su autobiografía.

A veces ocurría. En los últimos minutos, el relato cambiaba el trazo de lo previsto —¡con lo ordenado que estaba quedando!— entonces, el silencio entre palabras se estiraba y su voz se iba afinando como el quejido de las cuerdas de un viejo violín. El pasaje entre el relato del sueño y las asociaciones que se encadenan con la palabra, se funde en un mismo trazo, y el pensamiento es un cuadro de capas superpuestas.

– ¿Y el hombre en el tejado? Preguntó la voz tras de sí.

…toc, toc, toc, golpea el suelo de la memoria con su bastón y una nube azul de tiza se levanta sobre los tablones de aquel suelo familiar en Vítebsk. Viajan las ideas a través del tiempo y el espacio con la ligereza fugaz de la asociación libre.

– Ese hombre tiene la soledad de mi abuelo, que una tarde trepó por la pared del patio, se sentó tranquilamente en el techo de la casa y se dispuso a comer un puñado de zanahorias. Y flota con la levedad de un tío lejano bailando en una boda judía en el pueblo; la espalda se le arquea como si viajara recostado de cara al cielo sobre el lomo de una cabra esponjosa, invisible y feliz. Soy yo, paseando con Bella una tarde de primavera antes de la guerra, caminamos en silencio y tomados de la mano, con la sospecha de una despedida inminente. Son las manos de mi madre acariciándome la cara para ayudarme a disipar una pesadilla infantil y es también la pesadilla, un invierno en que la fiebre me hace soñar con un trozo de pan con mantequilla.

– ¿Un trozo de pan con mantequilla entre las manos?

Gira la yema del pulgar sobre la punta de los demás dedos, dibujando la curva del interrogante.

– Sí. Las botas sucias del camino, renegridas como las manos de un niño salvaje, se tienen que limpiar en la entrada porque el suelo está recién fregado. Mis lienzos han de tener alguna utilidad en casa. Son tantos los cuadros que pinto, que molestan, mi madre los descuelga de la pared y los reparte por el suelo de la entrada para que, mis hermanas primero y horas después mi padre, se sacudan la nieve y el barro de las botas. Una y otra vez, caen noches de lodo y hollín, cubriendo paisajes rurales y escenas cotidianas. Es un uso tan cotidiano que no recuerdo si alguna vez me molestó.

– Así se habrán estropeado varias de tus primeras obras. Parece que volvemos a un tema recurrente; el valor de tus creaciones.

– ¡Más se perdió en la guerra! Quiero decir, entre la revolución del diecisiete y el final de la Segunda Guerra, perdí decenas de cuadros, algunos muy apreciados. Quedaron desperdigados entre algunos mecenas y casas de arte, bajo la promesa de revalorizaciones que nunca llegaron. Yo mismo repartí por todas partes cientos de lienzos míos, me conformo con que alguien los cuelgue en una pared. Y muchas obras de mi mejor época cayeron en manos oportunistas, ocultándose a mi vista como monedas de cobre rodando bajo la mesa.

¿Bajo qué mesa?

La mesa en la que cenábamos en Vítebsk. Recuerdo la noche en que les dije a mis padres que quería ser artista y buscar mi lugar en el mundo. Mi padre lanzó bajo la mesa un puñado de monedas forzándome a que me arrodillase para recoger su dádiva. Su rostro gris y surcado de arrugas me devolvía a la fragilidad de la niñez. Sus palabras, secas como las piedras, me hacían tartamudear. Ante su presencia rodaban las lágrimas como las monedas. A la mañana siguiente me fui de casa, con una maleta pequeña y la gran tristeza de alejarme de mi madre y mis hermanas, diciéndome a mí mismo que no regresaría jamás.

¿Tu deseo de ser pintor te impulsó a partir?

Sí. Para mí, ser artista es lo más valioso, es lo que le da sentido a mi vida. De alguna manera, soy lo que pinto. Mi obra fue siempre menospreciada por mi familia, sobre todo por mi padre, en un trato que es la prolongación del menosprecio con el que me trato a mí.

¿Él o tú mismo?

Quise decir…

Un rubor tornasol tiñó las paredes justo en el momento en que el cuadrado de cielo que enmarcaba la ventana, fragmentaba su luz con un sol de invierno. La sesión, como la tarde, llegaba a su final, invitando a trazar una firma al pie.

Actualmente se conservan más de mil cuadros repartidos por el mundo, pertenecientes a la obra de Marc Chagall. En su mayoría representan escenas y personajes familiares, su lugar de origen o sus tradiciones. Con su creación artística ha regresado una y otra vez a Vítebsk a través de su pintura, expresando, en muchas ocaciones, metáforas sobre su propio deseo y fantasías oníricas.