Hoy en día el psicoanálisis cobra más vigencia que nunca. Vivimos en una época acelerada. Las grandes ciudades como Barcelona están llenas de gente que viene y va cada día, vivimos con el tiempo justo, siempre apresurados y sin tiempo para detenernos. Nos apabulla el ruido, el tráfico nos agobia, la contaminación nos afecta y nos cruzamos con tantas personas diariamente que nos hemos olvidado de mirarnos a los ojos. El ritmo acelerado de esta realidad dificulta el cuidado de los vínculos afectivos, cada vez es más difícil quedar con los amigos y entre el trabajo, el metro y las extraescolares, la familia se da su tiempo solo los fines de semana, en el mejor de los casos.

Todas estas dificultades hacen que hoy tengamos que dar lugar a otras formas de escucha y es aquí que el psicoanálisis se vuelve necesario. 

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Cuando lo que se busca es momentáneamente poner pausa a la locura de la ciudad condal y sentir la belleza que se pierde entre tantas lucesitas, personalmente prefiero el impasse que ofrecen algunos rincones, como el Centro Cultural La Virreina entre otros.

Es innegable que existen muchas corrientes terapéuticas y cada teoría ofrece su tratamiento. Por ejemplo, algunas tienden a corregir desviaciones de la conducta, otras prefieren ensordecer los síntomas mediante el uso de fármacos y otras buscan las respuestas en la disposición de los astros. No creo que existan fórmulas mágicas ni tratamientos universales. Sí sé, por mi formación y por mi propia experiencia, que el psicoanálisis hoy posee la capacidad de darnos las herramientas para afrontar el malestar que de forma singular, aunque con puntos comunes a nuestro tiempo y contexto, nos pone obstáculos en el camino.

El tratamiento que propone el psicoanálisis hoy nos permite discernir el malestar de nuestro tiempo, nos da la posibilidad de detenernos un instante y darnos un lugar para escucharnos a nosotros mismos. Con tantas distracciones urbanas nos olvidamos que estamos vivos y por lo tanto somos mortales. Motivo más que suficiente para hacernos cargo de aquello que deseamos, defenderlo e intentar (dentro de nuestras posibilidades) vivir coherentemente.

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