¿Qué importancia tiene el nombre del bebé?

El brainstorming.

Podemos pensar que el nombre de un bebé no tiene importancia. Que da igual uno que otro. Sin embargo a la hora de ponerle el nombre a un* hij* entran en juego muchas cosas. Los abuelos opinan, otros familiares y amigos por la otra parte proponen otros distintos. A veces buscar un nombre bien diferente, que no haya llevado ningún familiar de ninguna de las dos partes, puede ser la solución. Alguno con un origen exótico que haya que explicar a quien pregunte, para que no queden dudas que se ha roto con lo esperable.

El nombre de la abuela versus un nombre celta.

Otras veces, seguir con la tradición familiar, ya sea de la madre o del padre, es una solución que complace a ambos progenitores y todos quedan contentos. También hay casos que, por circunstancias más o menos elegidas, se asumirá una maternidad (o una paternidad en el menor de los casos) monoparental. Entonces para elegir el nombre no hará falta una negociación. Bueno, al menos una facilidad tenía que implicar todo esto!

Ey tú!

Ya sea que elijas ese nombre que te inspira tantas cosas sin saber por qué, o prefieras seguir con la costumbre familiar, la importancia de ponerle un nombre a tu bebé es enorme. El nombre de una persona está cargado de expectativas. Deseos y significantes contextuales que marcarán en mayor o menor medida las características singulares de un sujeto que se irá forjando a lo largo de su historia. Si no, pregúntale a Malena, de Homero Manzi (aquí puedes escuchar una de las versiones más clásicas; la de Aníbal Troilo). 

A la hora de actuar…

Por suerte –o mejor dicho por mérito propio– los significantes que se asocien al nombre de cada uno tendrán más que ver con las acciones que uno realice a lo largo de su vida. Con sus propias motivaciones, logros y derrotas, que con las proyecciones que hayan tenido sus progenitores. Aunque el relato familiar y la historia contextual, las desavenencias y las pasiones, marcan una parte importante de la singularidad de nuestro origen. Poco importa que llevemos un nombre inspirado en etnias remotas o que al llamarnos en el colegio se giren diez personas. El reloj de arena de nuestra existencia a comenzado a circular. La firma especial que cada un* invente de sí mism* con sus propias herramientas, habla más de un* que la sumatoria de letras que compongan su nombre.

En qué quedamos?

En pocos términos, ponerle nombre a un* hij* es muy importante, ampara, delimita, envuelve como un abrigo, como el acto mismo de dirigir la palabra. Aunque (y por eso mismo) dice más de sus progenitor*s, de sus deseos y sus expectativas, que de lo que finalmente será esta persona a lo largo de su vida. En todo caso, el modo en que se asume la carga simbólica del nombre propio, será un trabajo que hará (como quiera y pueda) cada un*. Sea como sea que nos llamemos. 

 

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